Alterated
Alternity
Alternative
/

Diario de Campaña: El Amanecer Sangriento

Registro 01: El Desastre del Aurora

Localización: Crucero Comercial Aurora, Espacio Profundo. Estado: Colapso Estructural / Evacuación de Emergencia.

El crucero comercial Aurora, una nave modular de transporte de pasajeros y carga, acababa de salir de un salto en el drive space. Sin previo aviso, el impacto de lo que pareció ser una mina inteligente —un armamento remanente de la guerra— destruyó por completo la sección de proa. La subsecuente reacción en cadena causó que la macroestructura se retorciera y se fracturara, dejando a los vagones expuestos al vacío uno por uno.

Crónica del Escape

  • El horror del vacío: El compartimento inmediatamente anterior al nuestro sufrió una fractura catastrófica. A través del cristal reforzado de la compuerta, presenciamos una escena dantesca: un segmento del fuselaje contiguo se desprendió de cuajo, dejando el interior expuesto al espacio. Vimos a los pasajeros fallecer víctimas de la descompresión explosiva, el ebullismo y la hipoxia fulminante, mientras sus fluidos corporales se vaporizaban de manera repentina por la drástica caída de presión. No hubo sonido alguno, solo el caos visual de la desintegración.
  • Falla de gravedad: La gravedad artificial fallaba de forma intermitente en nuestro vagón. El estruendo del metal retorciéndose era un recordatorio constante de que nuestro tiempo se agotaba, mientras las luces rojas de emergencia teñían el pasillo.
  • El puente al mamparo: Como las cápsulas de nuestra sección habían quedado inutilizadas, nos dirigimos hacia popa. La compuerta blindada estaba trabada por la torsión del casco. El médico mechalus, Tarek Ionis, realizó un puente electrónico a los solenoides magnéticos y logró abrir una brecha apenas unos segundos antes de que el vagón se sellara de manera definitiva.
  • Sección de carga: Aquí la gravedad aún funcionaba gracias al diseño modular de la nave, semejante a los vagones de un tren. Afortunadamente, el daño en la proa activó los sistemas de seguridad y la sección de carga se desacopló de forma automática, frenando el colapso estructural. Algunos procedimos a buscar nuestros contenedores de equipo en los registros, mientras otros forzaban cajas al azar para rescatar cualquier pertenencia de utilidad.
  • Ingeniería: En medio del caos, interceptamos al equipo de ingeniería —Sam Logan, Clara Ananta y un Mathew Nadir severamente herido—. Huían de los reactores, los cuales habían sufrido una sobrecarga y se encontraban incontrolables. El personal logró cargar equipo adicional en nuestra cápsula de escape: un carro con neutralizadores de peso lleno de provisiones de naturaleza desconocida.
  • La extracción: Abordamos la cápsula con suma urgencia. Segundos después de la eyección, la sección de ingeniería del Aurora colapsó por completo. Sin atmósfera que permitiera una explosión visible, observamos cómo la nave se doblaba sobre sí misma hasta que el fallo de los reactores incineró el interior en un destello de plasma blanco. Solo quedó atrás un armazón de chapa y metal fundido.

Registro 02: La Deriva y el Aterrizaje

Localización: Cápsula de Salvamento Modelo 7-E / Superficie planetaria desconocida. Duración: 121 horas a la deriva.

Lo que debió haber sido un escape milagroso se transformó en una lenta degradación física y moral dentro de un habitáculo de diez metros cuadrados.

Cronología de la Deriva

  • Día 1: Los números en frío. Mathew Nadir se desangraba a causa de las heridas de la explosión. Tarek Ionis calculó que el gasto de insumos médicos era ineficiente, dado que el ingeniero carecía de probabilidades reales de supervivencia. Por lo tanto, se limitó a los cuidados paliativos mínimos. Mathew falleció esa misma noche, instaurando un clima de profunda desconfianza y horror en la cápsula.
  • Día 2: La bolsa de lona. El hedor de la descomposición, sumado a la desesperación, se volvió intolerable. Para lograr introducir el cuerpo de Mathew, ya con rigor mortis, en una bolsa de lona, tuvimos que dislocarle los brazos. Sellamos los bordes con cinta adhesiva industrial, en un intento desesperado por contener los fluidos y el olor en el sistema de aire reciclado.
  • Día 3: El estallido de Tony. El estrés postraumático y el encierro quebraron a Tony Skigrocu. Su violento brote psicótico puso en grave peligro al grupo entero, obligándonos a reducirlo físicamente. Tuvimos que sedarlo con altas dosis de calmantes para mantenerlo controlado, llevándolo casi al límite de la inconsciencia.
  • Día 4: Contrastes. El hambre y el aire saturado de dióxido de carbono nos consumían. Basilio Zuzunaga (“Zuzu”) se mantuvo en una calma absoluta y francamente inquietante. En contrapartida, Ssi-T’krik no podía dejar de moverse en los escasos centímetros disponibles, mientras Makya se aferraba a su arco, con los nervios destrozados.
  • Día 5: Punto de quiebre. El organismo de Tony generó resistencia a los sedantes y el tripulante recuperó su voluntad combativa en lo que podría considerarse un Trastorno Explosivo Intermitente. Durante un ataque de lucidez paranoide, estalló de manera violenta contra el grupo. En reacción, Marcus, quien también se encontraba al límite, desenfundó su arma y apuntó a la gente que lo rodeaba tratando de mantenerlos a raya. Una masacre resultaba inminente, pero la alarma de proximidad planetaria interrumpió la tensión: la cápsula ya se encontraba descendiendo hacia la superficie, tras haber detectado por sensores lo que parecía ser algún tipo de edificación. Este evento fue el que resolvió la extrema tensión entre Tony, Marcus y el resto de los pasajeros en la cápsula justo antes de que se produjera una tragedia.

El Aterrizaje

Imágenes capturadas por el sistema de guía de la cápsula durante el descenso:

Ruinas detectadas en superficie
Ruinas detectadas en superficie
Vista FLIR de las ruinas
Vista FLIR de las ruinas

Hicimos contacto sobre un páramo de hielo seco. Al aterrizar en el planeta, pudimos ver ruinas congeladas a través de las ventanas de la cápsula. Los sensores indican que nos encontramos en el lado oscuro de un planeta con acoplamiento de marea (es decir, el astro presenta permanentemente la misma cara hacia su sol).

A 468 metros de la cápsula se erigen las ruinas de una antigua colonia. Los sistemas informáticos fracasaron en su intento de identificar el planeta, dejándonos con más interrogantes que certezas. En la lejanía, sobre el horizonte, se recorta un resplandor naranja constante.

Estado de Situación:

  • Tony Skigrocu permanece armado y sumamente alterado.
  • El cadáver de Mathew continúa sellado en el fondo de la cápsula.
  • Las condiciones exteriores son letales: temperaturas de -100 ºC y una presión atmosférica aplastante de 3.5 atmósferas terrestres (lo cual explica nuestro suave descenso). Bajo dicha presión, caminar se percibe como avanzar sumergido en un líquido, y los vientos son corrientes sólidas contra las que resulta casi imposible resistir.
  • Nuestra ubicación es incierta. La baliza de emergencia constituye nuestro único pedido de auxilio en el vacío.

Inventario de Supervivencia

  • Sustento: Agua y NutriMix (MeatLoaf/BBQ) para 12 personas por 30 días.
  • Equipo Personal: 12 bolsas de dormir, 12 unidades térmicas, 12 trajes ambientales (9 clase Soft, 3 clase Hard — uno adaptado para la fisionomía T’sa).
  • Suministros Médicos: 6 Trauma Pack I, 1 Med Kit, Fármacos (por un valor de 1,000 cr), 1 MedCare One.
  • Logística Pesada: 2 Domos Gliese 300b con corredores de acople, Carro con Neutralizador de Peso (capacidad de 10,000 Kg/h), herramientas pesadas y 1 Cargador Universal.

Registro 03: Análisis Telemétrico y Despliegue

Localización: Zona de aterrizaje, escaneo térmico de las ruinas. Estado: Abandono de la cápsula / Inicio de marcha exploratoria.

Tras el aterrizaje, nos tomamos un tiempo prudencial para analizar la telemetría que la cápsula recabó sobre las ruinas durante nuestro descenso. Al encontrarnos por fin sobre terreno firme, y pese a que el entorno resulta abrumadoramente inhóspito, el grupo ha recuperado una leve pero necesaria medida de esperanza.

El sitio es un páramo de hielo y roca. Los sensores ratifican temperaturas de -100 ºC y una presión atmosférica de 3.5 atmósferas (estándar terrestre). Bajo semejante presión, cualquier movimiento resulta extenuante; de no contar con los trajes ambientales, la mera densidad del aire colapsaría nuestros pulmones de forma instantánea. El terreno, escarpado y repleto de formaciones rocosas dentadas, dificulta aún más el tránsito. No obstante, la alta presión atmosférica posee un efecto secundario: cualquier caída se ve significativamente ralentizada, lo cual otorga una sensación de desplazamiento similar a caminar sobre el lecho de una piscina profunda. Quienes contaban con experiencia en natación compartieron instrucciones precisas para conservar la resistencia física en este tipo de fluidos densos, mientras que las directrices de movilidad en entornos de gravedad cero (zero-g) también resultaron de gran utilidad para optimizar el esfuerzo del grupo.

Las imágenes térmicas arrojaron información vital sobre las instalaciones en ruinas. Hemos detectado lo que parece ser maquinaria pesada emitiendo enormes volúmenes de calor, lo suficiente como para elevar la temperatura de su entorno inmediato a unos -60 ºC. Si bien continúa siendo un frío letal, esa diferencia térmica incrementa drásticamente nuestras probabilidades de supervivencia. Las lecturas también evidencian una red de conductos diseñados de manera explícita para transferir ese calor a lo largo de la macroestructura circundante.

Luego de una breve deliberación, el curso de acción quedó establecido. Procedimos a enfundarnos en los trajes ambientales, desmantelamos el reactor de masa de la cápsula y cargamos la totalidad de nuestro equipo sobre el carro de tracción con neutralizador de peso. En breves instantes dejaremos atrás la zona de impacto para adentrarnos en las ruinas, en busca de esa imperiosa fuente de calor que podría salvarnos la vida.

Registro 04: La Corriente Térmica y el Refugio

Localización: Perímetro del complejo en ruinas. Estado: Campamento base establecido / Desgaste fisiológico crítico.

Al forzar la apertura de la escotilla, la realidad del exterior nos golpeó con una contundencia abrumadora. El incremento súbito de la presión hizo crujir las juntas de los trajes, y quienes portábamos indumentaria de clase Soft recibimos de inmediato las notificaciones de emergencia del sistema: nuestros trajes no resistirían semejante compresión por más de un par de horas.

Iniciamos un avance tortuoso hacia las ruinas, moviéndonos a través de un aire tan denso que parecía oponer resistencia física a cada paso. La expedición estuvo a punto de cobrar su primera víctima cuando uno de los tripulantes hundió el pie en una fosa disimulada por la escarcha. Liberarlo exigió una precisión quirúrgica; tuvimos que fracturar el hielo que lo apresaba, consciente de que los bordes, afilados como esquirlas de obsidiana, podían rasgar la presurización del traje ante el menor desliz.

Con el incidente resuelto, continuamos la marcha hasta cruzar el umbral térmico de las instalaciones. La telemetría no se había equivocado: el calor emanado por las ruinas generaba una caída en la presión atmosférica, pero las leyes de la termodinámica exigieron su tributo. El choque entre la masa gélida y el sector cálido engendró una poderosa corriente convectiva. Literalmente, un río atmosférico invisible nos arrastró hacia el complejo. Estábamos sobre aviso, pero carecíamos de agencia alguna sobre nuestros cuerpos; fuimos succionados y luego expulsados violentamente por una corriente ascendente. Proyectados por el aire denso, impactamos contra la cúpula superior del domo central para terminar descendiendo, en una agónica cámara lenta, hacia el sector opuesto. Resultó una maniobra brutal y desorientadora, pero la misma densidad del aire nos salvó de sufrir fracturas múltiples.

Una vez estabilizados, comprobamos que desplazarnos flanqueando los conductos térmicos era considerablemente más llevadero. Recuperamos el carro de suministros y procedimos a establecer una cabeza de playa. Ensamblamos nuestros propios hábitats junto a la red de ductos superviviente, acoplándolos de forma precaria pero efectiva. Por fin, tras seis jornadas de confinamiento y terror continuo, logramos erigir un refugio decente.

Dedicamos nuestras últimas reservas de energía a realizar un barrido perimetral. El panorama arquitectónico resultó tan revelador como desconcertante. El asentamiento consta de un domo central titánico, de unos 140 metros de diámetro, flanqueado por cuatro domos menores de 60 metros. Resulta evidente que las estructuras periféricas fueron abandonadas mucho antes que el complejo central; exhiben un deterioro asimétrico y, lo que es peor, no cuentan con el blindaje ni el aislamiento necesarios para tolerar este infierno barométrico. Esta disparidad sugiere una conclusión aterradora: el clima de este planeta sufrió un cataclismo radical desde que se construyeron los primeros cimientos.

El reconocimiento de las instalaciones menores arrojó un saldo dispar: El primer domo perimetral denotaba un uso agrícola pretérito, pero se encontraba estéril; hasta la última partícula de tierra había sido removida hace décadas. El segundo habitáculo fue un acierto. Parecía haber funcionado como un taller o hangar de vehículos. Logramos acondicionarlo, redirigiendo el flujo térmico para integrarlo a nuestro refugio. El tercer domo, también agrícola, se hallaba en relativas buenas condiciones. Allí obtuvimos nuestro hallazgo más valioso hasta la fecha: un kit de siembra de emergencia intacto, que incluye semillas viables y una terminal con protocolos de cultivo.

El cuarto y último domo perimetral compartía la misma función agraria, pero su estructura había colapsado de forma casi irreversible. Nuestra aproximación a este sector casi culmina en tragedia: el perímetro estaba custodiado por una torreta de defensa automatizada, de características equiparables a un rifle de asalto. El mecanismo, asombrosamente aún operativo, logró fijarnos como blancos y efectuar un par de disparos. Para nuestra inmensa fortuna, la aplastante densidad atmosférica frenó la inercia de los proyectiles a escasos metros de distancia. Casi en simultáneo, el clima extremo demostró ser nuestro mayor aliado: las temperaturas criogénicas habían vuelto el metal del arma sumamente quebradizo. La propia vibración y la brutal presión de las detonaciones iniciales provocaron que el cañón de la torreta se fracturara en pedazos, dejándola inoperativa tras unas pocas balas. Superado este inesperado y letal escollo, y pese al evidente riesgo de derrumbe, logramos expoliar sus entrañas y extraer sustrato cultivable junto a un considerable alijo de soluciones nutritivas acelerantes.

La incursión final se reservó para la macroestructura central. Su cúpula exhibe una fractura masiva, permitiendo que el hielo seco devore el interior. El recinto ostenta el aspecto de un gigantesco centro de procesamiento de datos o laboratorio de investigación; hileras de computadoras y servidores yacen sepultados bajo la escarcha. En el corazón de esta vasta cámara se erige una imponente torre que, a juzgar por su intrincada red de mangueras y biosensores, sirvió como una granja vertical hidropónica a escala industrial.

Revisar y purgar ese equipamiento en busca de terminales operativas exigirá un esfuerzo monumental, pero ya no nos queda nada para dar. Habiendo operado ininterrumpidamente durante 26 horas en este abismo gélido, sumado al brutal desgaste psicológico de la deriva, el colapso fisiológico del grupo es absoluto. Sin electricidad, pero resguardados bajo presión y calor tolerables, no hemos tenido más alternativa que claudicar. Nos hemos replegado a nuestros pequeños domos con un solo propósito en mente: dormir.

© AAA 2026 [ English ]
ESTADO DEL SISTEMA: EN LÍNEA
×